Kingo Nonaka, el médico casual de Madero | Blog | teleSUR
5 junio 2020
Kingo Nonaka, el médico casual de Madero

Con su hermano mayor y un tío salió a los dieciséis años de su querido Japón. Tras meses de travesía llegó a Salina Cruz, Oaxaca, para trabajar en el campo. Oaxaca no le funcionó y decidió caminar durante tres meses por las vías de tren hasta Ciudad Juárez, Chihuahua, de donde quería saltar al otro lado. Sin embargo las cosas se complicaron y terminó de mil usos en un hospital, donde a puro buen ojo aprendió el oficio de menear el bisturí. Después cayó la Revolución, y como había más heridos que doctores, le tuvo que entrar de cirujano, trabajando jornadas de dieciséis horas, hasta que un día pidió permiso para descansar en casa de un compadre. Mientras descansaba se soltó una balacera y entre los balazos llegó alguien cargando a un herido; lo curó sin miramientos y después se enteró que era nada menos que don Francisco I. Madero.

Kingo Nonaka, el médico casual de Madero

Se cayeron bien y se sumó a sus filas. Después se fue con Villa tres años, quien lo ascendió a capitán y lo nombró jefe del batallón de salud. Cansado del trote revolucionario regresó a Ciudad Juárez a ser director del hospital que lo vio crecer. Se casó y después de cinco hijos se mudó a Tijuana buscando nuevos horizontes. En “Tiyei” (TJ) primero fue barbero, después comerciante y de pasada se convirtió en el primer fotógrafo en documentar la historia de la ciudad y su gente por más de dos décadas, inmortalizando con sus cromos el lado “blanco” de Tijuana. Con la Segunda Guerra Mundial tuvo que irse a la capital, donde fue de los fundadores del Instituto Nacional de Cardiología; y así un largo etcétera, hasta que murió en 1977.

Así fue la maravillosa vida del japonés Kingo Nonaka, naturalizado mexicano y bautizado como José Genaro Kingo Nonaka.

Hacia finales del siglo XIX el gobierno de Díaz promovió leyes y facilidades para que tanto mexicanos como extranjeros colonizaran las remotas tierras del país. Fue así que, en 1888, México se convirtió en el primer país occidental en firmar un tratado con un país asiático, Japón.

 A los hijos del Sol Naciente les cayó de perlucas la invitación, pues entonces sus cuatro islas comenzaban a sobrepoblarse: cuando Benito Juárez murió, en 1872, México contaba con nueve millones de habitantes, mientras Japón –cinco veces más chico que México–, tenía treinta millones (de los conejos después hablamos).

En México prácticamente no se sabía nada de los japoneses, ya que estuvieron literalmente aislados del mundo por mucho tiempo. Los primeros mexicanos en visitar formalmente la tierra de los samuráis, fue una curiosa expedición de astrónomos y científicos, encabezada por el científico jalapeño José Francisco Díaz de Covarrubias, que en 1874 se aventuraron hasta allá con la finalidad de observar el tránsito del planeta Venus frente al Sol (de la travesía después hablamos). En sus memorias de viaje, Díaz de Covarrubias escribió de los japoneses: “Son casi siempre afables, corteses, valientes y dóciles para aceptar todo género de cultura, mientras que en los chinos raras veces se encuentran cualidades semejantes”.

Kingo Nonaka nació en Fukuoka, al noroeste del país, en 1889. En busca de mejores oportunidades, Kingo, su hermano mayor y su tío se unieron a la migración japonesa a México. Venían ilusionados y con muchos planes. Desgraciadamente el hermano enfermó de gravedad y lo bajaron del barco en Hawái.

En diciembre de 1906, Kingo y su tío llegaron a Salina Cruz, Oaxaca. A los cuatro días ya estaban macheteando de sol a sol en Santa Lucrecia, un cañaveral donde también trabajaban más de mil japoneses junto a quinientos mexicanos. Otro mal golpe del destino cayó sobre Kingo cuando al mes su querido tío murió de paludismo. Pronto en Oaxaca las cosas se volvieron insoportables y Kingo, junto con varios compatriotas, decidieron emigrar a Estados Unidos, vía Ciudad Juárez, que entonces era la ciudad con el mayor número de japoneses en el país. Según censos de la época, entre 1895 y 1909, había ocho mil quinientos de ellos.

Después de caminar dos mil seiscientos kilómetros por las vías del tren, Kingo llegó a la ciudad fronteriza. Como no era tan fácil la cruzada, muchos de los compatriotas se desesperanzaron y desistieron. Kingo siguió necio, pero sin un peso y sin hablar nada del idioma las cosas se pusieron extremas. Haciendo señas vivía de limosna y dormía en la banca de un parque frente a la iglesia. Siendo bajito de estatura y más flaco que pantorrilla de canario, parecía un niño harapiento y abandonado a la buena de Dios.

Fue cuando apareció su ángel de la guarda, en la figura de Bibiana Cardón, una señora que iba a misa todos los días y que se lo llevó a su casa. La familia Cardón, de posición acomodada, lo adoptó con cariño, le enseñaron el idioma, lo bautizaron y pronto José Genaro Kingo Nonaka comenzó a trabajar en el negocio familiar, que era un gran almacén de forrajes para ganado y semillas.

Por supuesto, con la Revolución los pillastres malnacidos saquearon y quemaron el almacén de los Cardón y todo se fue al traste. Viendo que José no se hallaba, la señora Cardón se lo llevó al Hospital Civil y Militar de Ciudad Juárez, donde era jefa de enfermeras. Ahí comenzó a trabajar de “jardinero”, sin sueldo. A los tres meses pasó a encargarse de la limpieza de ciertas áreas del hospital, con un sueldo de 7 pesos. Un año después ganaba 25 pesotes; su trabajo, dice él mismo en sus memorias, “consistía en llevar medicinas a los enfermos, material de curación a los enfermeros o enfermeras, hacer curaciones sencillas y poco tiempo después, curaciones más complicadas. Al año recibí el nombramiento de enfermero de primera categoría; exactamente el 2 de diciembre de 1910, el día que cumplí 21 años de edad, con un salario de 75.00 pesos al mes y haciendo solemnemente el juramento hipocrático”.

Con la Revolución a todo mecate, José Nonaka no le quedó otra más que entrarle a meter cuchillo a destajo: “(…) a falta de personal médico y de estar observando el trabajo de los cirujanos, aprendí como usar el bisturí. (Lo hacía) sin descansar, sin dormir o dormir unas horas, (…) razón que me obligó a pedir al doctor administrador del hospital un permiso de unos días para descansar; concediéndomelos, sin saber que ese permiso cambiaría el rumbo de mi vida.”

La noche del 4 de marzo de 1911, el ejército de Madero llegó a Galeana, Chihuahua, para de ahí planear un ataque a Casas Grandes, precisamente donde Kingo Nonaka visitaba a su compadre y ompatriota, Ricardo Nakamura. La casa de adobe era grande, aireada y estaba a pie de la plaza. El 6 de marzo Madero atacó el pueblo.

La batalla duró más de cuatro horas, de la cual Madero salió perdiendo y herido. José Genaro cuenta el hecho: 

“Estábamos platicando largo rato, hasta que nos interrumpió un fuerte tiroteo acompañado de cañonazos y el estallido de granadas durante varias horas. Despueés, un poco de calma y silencio. (…) en la calle se escuchaba gente llorando, gritos, rezos (…).

“En eso estábamos cuando tocaron la puerta fuerte y con mucha insistencia, me asomé por la ventana y vi que eran los vestidos con sombrero tejano y que hablaban en voz alta. Abrió́ la puerta mi compadre y uno de ellos preguntó:

—¿Tienen alcohol o petróleo?, lo necesitamos para un herido.

Vi que traían a un señor herido de la mano derecha, me dirigí́ a él, que estaba sangrando abundantemente, le dije:

—Veo que viene herido y si usted gusta, yo lo curo, soy enfermero diplomado.

“Al examinarlo me di cuenta que no era una herida grave, que solamente fue el roce de una esquirla de granada la que produjo la herida. Hasta ese momento, yo no sabiía quieén era ese señor. Solamente me fijé que era una persona de baja estatura, bien vestido, con sombrero tipo tejano, polainas, con bigote y barba estilo franceés, comuúnmente llamada ‘piochita’. Cuando terminé de curarlo, me dio las gracias y querí́a pagarme con un billete de 10.00 dólares; yo me negué́, argumentando que yo no cobraba por ese servicio, que era mi deber y me contestó:

—Tome el dinero, y además, usted, doctor, se viene con nosotros, y será nuestro doctor, asií es que poóngase su saco y su sombrero, vámonos.

“Volteé hacia la puerta y vi a los acompanñantes del señor, uno llevaba el veliz de mi ropa y otro llevaba mi estuche médico, inmediatamente le dije:

—Señor, yo no puedo ir con ustedes porque estoy trabajando en el Hospital Civil y Militar de Ciudad Juárez, y si no me presento a trabajar, me tornaran como desertor y posiblemente, a la cárcel voy a parar.

Y el señor que curé me contestó:

—No te preocupes, yo respondo de ti.

Lo más curioso fue que no me preguntó mi nombre, ni de qué origen era o déjame ver tu pasaporte, solamente me dijo:

—Vámonos, la Patria necesita gente como usted, doctor.

Me despedí de mi compadre y de su familia y me llevaron hasta la colonia Juárez, que es de mormones. Al día siguiente supe que el señor que curé era el jefe revolucionario Francisco I. Madero, ¡vaya Sorpresa!”.

Así comenzaron las andanzas revolucionarias de este médico a palos. Participó en catorce batallas importantes, dos con Madero y doce con Villa. Cabe mencionar que por órdenes de Villa, Kingo Nonaka conformó el mejor servicio sanitario de la Revolución mexicana.

Ahora bien, la amistad entre José Genaro K. Nonaka y Francisco I. Madero tuvo una trascendencia importante. Esto lo documenta el licenciado Sergio González Gálvez, quien comenta que de alguna manera la amistad de Madero con Nonaka abrió la relación con el personal de la Legación japonesa en México:

“Un episodio no muy conocido de los vínculos entre Japón y México es la defensa que hizo el encargado de negocios de la Legación japonesa en México de la familia de Francisco I. Madero, a los que salvó de ser asesinados, como ocurrió con Madero. La valentía del encargado de negocios japonés, de nombre Kumaichi Horiguchi, llegó al grado de poner la bandera japonesa en la puerta para frenar la intromisión de las fuerzas del usurpador Huerta; de este modo, más de treinta personas, entre ellas la esposa del presidente Madero, sus padres y sus hermanas junto con sus hijos, en compañía de todos sus sirvientes, salvaron la vida por la intervención del citado diplomático japonés”

¡Salchichas!, el espacio se me termina y se podrían escribir varios libros sobre José Genaro Kingo Nonaka, así que resumo:

Después de la Revolución, el capitán Kingo Nonaka regresó a trabajar al hospital de Ciudad Juárez, donde conoció a su esposa, la enfermera Petra García Ortega. En 1921 se mudaron con todo y cinco chilpayates a Tijuana. Tres años después, el presidente de la República, Plutarco Elías Calles, firmó su carta de naturalización como ciudadano mexicano.

En Tijuana, y por azares del destino, comenzó a tomar fotografías de gente común y corriente. Esto gustó mucho y lo llevó a poner un estudito fotográfico que rápidamente se hizo famoso. Ya como fotógrafo profesional, el gobierno lo contrató para tomar fotografías de los detenidos y presos en la cárcel pública. Siendo policía y fotógrafo y siempre buscando superarse, estudió por correspondencia un diplomado en Fotografía, Dactiloscopia, Criminología Grafología, graduándose en 1933 del Institute of Applied Science, de Chicago:

“Entre 1923 y 1942, Nonaka tomó con su cámara Graflex cientos de imágenes de la Tijuana de los años veinte, treinta y principios de los cuarenta, en especial de las actividades cotidianas de sus habitantes. Por ello, este personaje japonés fue un pionero de la fotografía de la ciudad, ya que sus imágenes se han constituido en clásicas para conocer la Tijuana de ese periodo”, comenta José Gabriel Rivera Delgado. En 1934 creó una escuela mecánica automotriz para dar oportunidad de estudios a los jóvenes que andaban de malandros.

En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, se desató en México una fuerte segregación contra japoneses y alemanes. José Kingo Nonaka y familia tuvieron que mudarse a la Ciudad de México, donde fue uno de los fundadores del Instituto Nacional de Cardiología. También vivió en Monterrey donde siguió trabajando hasta su muerte, a los 88 años.


teleSUR no se hace responsable de las opiniones emitidas en esta sección




Perfil del Bloguero
Gerardo Australia es músico, compositor y divulgador de historia que publica regularmente en Milenio, Reforma, Jornada y en el Semanario.
Más artículos de este bloguero




Comentarios
0
Comentarios
Nota sin comentarios.